La Femme Fatale y el mito decimonóico  
by Julia de Mercia


Img: Medusa

Hijas de Lilith, de Safo, de Medusa, de Esfinge, de Salomé, de Salamboo. Helenas, Medeas, ninfas, valkirias… ¿Qué pasó con ellas? ¿Qué tienen en común todas estas mujeres? El denominador común de todas ellas es la palabra “temor”. Un temor desarrollado por el hombre hacia unas mujeres que estaban saliendo de los cánones establecidos, de la moral que ellos defendían.
En el artículo anterior sobre las artistas de la Hermandad de los Prerrafaelitas hablé del papel de la mujer en la sociedad victoriana, me centré en Inglaterra pero en este caso se puede aplicar a toda la Europa de la época. La mujer estaba enclaustrada en los límites de su hogar, tenía un papel pasivo en la sociedad, y todo lo que se saliese de eso suponía una amenaza. Uno de los perfiles femeninos más temidos por su amenaza en esta época fue el de la mujer sufragista. El movimiento de la New Woman fue el que comenzó a caldearse a mediados y finales del siglo XIX, en Inglaterra y Estados Unidos, para reclamar más derechos para las mujeres, y cuyo logro mayor fue el del sufragio femenino a principios del siglo XX.

El surgimiento de este movimiento dio paso a que los hombres desarrollasen una serie de temores e inseguridades –mezclados con una gran dosis de misoginia– ante la amenaza de la mujer sufragista, y consecuentemente un rechazo hacia ellas.  Provocó una gran negatividad hacia estas mujeres en muchos sentidos, pero en el mundo cultural, sobretodo en el arte y la literatura, generó la creación del mito –o no tan mito– de la femme fatale.

“Las femmes fatales eran para ellos catastróficas, enigmáticas, malvadas, atrayentes, destructoras, castrantes, devoradoras sexuales, enloquecidas, aliadas con el animal más malvado, la serpiente”


El erotismo, la animalidad, la voracidad y lo demoniaco fueron las características principales que definían a estos personajes, a estas mujeres fatales. Figuras como las de Lilith, Salomé o Medusa, fueron muy recurrentes en estas representaciones ,viendo en estas figuras las mismas características que tenían las mujeres modernas de la época. Circulaba el mito de que las mujeres solo respondían a su instinto, al contrario del hombre, que usaba la razón. Ese instinto era una comparación directa con lo animal, con lo salvaje. Las femmes fatales eran para ellos catastróficas, como las sirenas con Ulises y los marineros; eran enigmáticas y malvadas, como lo fue la Esfinge con Edipo. Atrayentes y destructoras, como las ninfas, o Pandora. Castrantes, devoradoras sexuales, enloquecidas, como la mujer vampira, como Salomé y Herodias con Iokanaán. Aliadas con el animal más malvado y poco casto por excelencia, la serpiente, como lo fue Eva, ejemplo paradigmático –más por ser un personaje bíblico– de lo que no se debía ser, en contraposición con la Virgen María. Aunque la maldad por excelencia para ellos era Lilith, primera mujer de Adan, aunque no oficialmente en los textos sagrados. Lilith fue la que abandonó al esposo para cometer atrocidades, para darse de lleno a los placeres carnales con el resto de los hombres, aliada de Satanás, devoradora de niños y de hombres, fiel amiga de la serpiente, con la que es representada en muchas ocasiones, y por supuesto, algo muy representativo en el arte a lo largo de los siglos, acompañada por una sexual y fetichista cabellera, como símbolo de representación –como lo es también para La Belle Dame sans Merci– que le sirve para cautivar y explotar todavía más su sexualidad.
En líneas generales estas mujeres atroces y fatales encarnaban el mal y una enorme amenaza para los hombres por su gran potencial sexual, su depravación y sus instintos animales, y debían alejarse, tanto de ellos como de las mujeres de bien, para no ser contaminadas. Estas atrocidades quedaron representadas en el arte prerrafaelita, en algunas obras del romanticismo, aunque sobretodo en el arte simbolistas que introdujo estas iconografías en el siglo XX, y que contribuyó a la continuación del mito en el cine posterior.

La figura de la femme fatale ha existido a lo largo de la historia, en el XIX se le puso un nombre a esta idea que siempre nos ha caído encima a las mujeres, y que, desgraciadamente sigue presente en nuestras vidas. En la actualidad no tenemos a un Munch, ni a un Khnopff, ni a un Rops, ni a un Klimt, ni a un Moreau que quiera mostrarle al mundo lo malas que somos, pero el proceso es el mismo, el ataque es el mismo, y las causas son las mismas, la única diferencia es que han pasado unos ciento setenta años y las ropas ya no son iguales.

Julia de Mercia

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