La mujer
prerrafaelita 

by Julia de Mercia


Img: Melody (1895), Kate Elizabeth Bunce

Se suele pensar que cuanto más retrocedemos en la historia, más problemas tuvieron las mujeres en la sociedad, y en cierto modo, no vamos mal encaminados, pero sorprende para mal, que el siglo XIX fuese tan dañino para nosotras. Fue un siglo sufrido por muchas razones. El sistema de perpetuación del rango familiar dentro de las clases media y alta, supuso que la mayoría de los matrimonios tuviesen intereses económicos familiares entre si. Los progenitores solían encargarse de buscar a sus respectivos hijos una mujer o un marido que les garantizase que su estatus no se viese afectado, o bien que ascendiese. Se comenzaron a configurar una serie de normas en cuanto al matrimonio que implicaban unos comportamientos conservadores y limitados para la libertad de las personas, y en el caso de las mujeres, las normas fueron más estrictas. La mayoría de ellas vivía un infierno en el matrimonio por la falta de amor y afecto entre las parejas. Sin embargo, y aunque parezca hoy en día llamativo, a las mujeres de la época les aterrorizaba quedarse solteras, y aunque sabían cómo era el matrimonio, su objetivo en la vida era contraer nupcias con un hombre de buena familia. Las esposas ideales, consideradas “ángeles del hogar”,  tenían como función principal la crianza y educación de los hijos. Su lugar se limitaba al interior de su casa, donde ellas mandaban.

Img: Julia, Margaret & Cameron “The Passing of Arthur”  1875

“Debían cumplir un perfil de mujer asexual, solamente tendrían el deseo de tener relaciones sexuales para procrear. Mientras tanto, el sector masculino incrementaba cada vez más la prostitución”


Las actividades artísticas, literarias o de cualquier índole creativa estaban mal vistas, a excepción de clases domésticas de música, lecturas o pintura, siempre pensadas para entretenerse y de forma “femenina”, como ellos solían llamar “womanly manner”. Cumpliendo también con el conservadurismo religioso, debían cumplir un perfil de mujer asexual, solamente tendrían el deseo de tener relaciones sexuales para procrear. Mientras tanto, el sector masculino incrementaba cada vez más la prostitución, a tales niveles que se comenzaron a hacer campañas para combatir las enfermedades venéreas.

Dentro de este contexto histórico surgió un movimiento artístico que la mayoría conoce. La hermandad prerrafaelita ha estado y sigue estando –en la mayoría de estudios que se han hecho– liderado por los hombres, más concretamente por unos “héroes” masculinos que lucharon por revivir un arte inglés que se había corrompido por las reglas imperantes de la Royal Academy. Sin embargo, conjuntamente a ellos, con el nacimiento de la Hermandad de los Prerrafaelitas, en 1848, aparecieron unas artistas mujeres que se sumaron al carro de estos.  Uno de los valores de la hermandad era la unión de los hermanos, del trabajo conjunto entre todos, y por tanto, las relaciones sociales que tenían eran muy fuertes. Las mujeres artistas de la hermandad formaban parte de este círculo social, no eran ajenas a ellos. Eran hermanos y hermanas, hijas y padres, y esposos y esposas, por lo que las ideas corrían de unos a otros.

Algunas de las primeras artistas prerrafaelitas fueron Barbara Bodichon, Elizabeth Siddal o Anna Howitt, las cuales en la década de 1950 se denominaron así mismas – incluyendo también a Jane Benham Hay – como “Art Sisters”. Vieron en el prerrafaelismo la oportunidad de plasmar la verdad de la naturaleza, el realismo y la belleza al igual que sus compañeros masculinos. El compañerismo reinaba, los hombres no las veían como inferiores, las consideraban compañeras iguales. De hecho, Howitt escribió para la revista de los prerrafaelitas “The Germ”, ellos hacían de modelos para ellas, y viceversa. Sin embargo, el crítico, John Ruskin, que tanta influencia tuvo sobre los prerrafaelitas, consideraba que las mujeres eran incapaces de pintar. Es curiosa la anécdota que nos cuenta Pamela Jerrish Nunn de Rosa Brett y su hermano John, que en sus tiempo de formación y con amplias capacidades los dos, no pudo conseguir el apoyo y el aval de Ruskin, mientras que su hermano si lo obtuvo. Infectados por la moral victoriana, de la que Ruskin formaba parte y que ellos tanto respetaban, surgió al mismo tiempo, una especie de reeducación por parte de ellos hacia ellas, cuando se trataba de alguien de clase social más baja, siendo el caso más paradigmático el de Dante Gabriel Rossetti y Elizabeth Siddal. Él, de una buena familia culta, ella, hija de proletarios y empleada de una sombrerería, intentó formarla a su gusto dentro del ámbito artístico-cultural.
1. Jane Morris
2. 3. Elizabeth Siddal 
4. Mary Morris

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Ellas sabían que el éxito era duro de conseguir, por lo que luchaban el doble que cualquier otro artista a causa de las limitaciones impuestas, que jamás las frenaron. De hecho, lucharon por no encasillarse en la pintura que se denominaba femenina, haciendo composiciones fuertes y no cayendo en los prototipos. Aunque de ellas se esperase una pintura que “obedeciese” y no una que investigara y rondase el estudio. Muchas de ellas se casaron y tuvieron hijos. Unas abandonaron la profesión, otras continuaron haciendo ambas cosas, como la fotógrafa Julia Margaret Cameron, las pintoras Marie Spartali Stillman, Lucy Madox Brown o Elizabeth Siddall. Otras como Eleanor Fortescue-Brickdale que jamás se casó ni tuvo hijos, y disfrutó trabajando como artistas con gran éxito durante toda su vida.

La profesión artística en el mundo victoriano estaba pensada para los hombres, y no para las mujeres, aunque paradójicamente, bajo el reinado de la reina Victoria, el número de mujeres artistas se incrementó. A finales de siglo consiguieron que se aceptase a mujeres en la Royal Academy de Londres, que pudiesen asistir a clases de dibujo al natural (algo que habían tenido prohibido hasta 1890), o como en el caso de Julia Margaret Cameron, que mediante la autopromoción, consiguieran comprar sus obras para el archivo del  Victoria and Albert Museum.
Está claro que la posición que se les ha dado a las mujeres en el mundo del arte no es la que se merecen. Hay que hablar de ellas, y no bajo la protección masculina, hay que  valora su obra como una creación individual y con carácter propio. Al modo de Linda Nochlin, no solo hay que rescatarlas del abismo histórico, sino que hay que desterrar la idea -en el caso de las prerrafaelitas– de que fueron solo musas y esposas.  

Miremos ahora con otros ojos a la Ophelia de Millais, dejemos de pensar que fue solo la musa trágica de Rossetti, dejemos de verla como la chica muerta del cuadro supeditada a los genios. Veámosla a ella.

Julia de Mercia

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